Desde mi calle de los Calvo
Los diez cerditosLos diez cerditos
Resulta, amigos, que nuestra Plaza de España es objetivo preferente de ciertos desaprensivos- por llamarlos de alguna manera suavita- o, mejor dicho, golfos, gamberros, descerebrados, inútiles, escoria de la sociedad…
De momento la han tomado con los bancos recién restaurados, a los que les birlan sus bellos respaldos de hierro, testigos mudos del bullir ciudadano durante generaciones. Treinta y seis son los citados bancos, asientos o “poyetes” de mármol, azulejos y ladrillos, instalados para hacer más agradable la convivencia en el más importante de los foros palmerinos. Treinta y seis, que hemos pagado con nuestros impuestos, magnos símbolos globales y signos lineales que apuntan hacia la solidaridad compartida. Y, mira por donde, ahora llegan estos hampones, mafiosos de pacotilla, y sinvergüenzas, nos roban en nuestras narices y aquí no pasa nada. Algo así como en el estrambote cervantino titulado “Al túmulo de Felipe II”: “Y luego incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo…, fuese y no hubo nada”. En este país de nuestras culpas jamás pasa nada. “No pasa na, chaval”…”, afirma el coleguilla. Digo yo que los “chorizos” incontinentes, al menos mirarían al soslayo durante la práctica de la “peligrosa operación”; hombre, por lo menos para vigilar a ver si daba la casualidad –cosa harto improbable- de que alguien -¿…..?- se acercara. Imagino que, en lugar de espada, los dichos chorizos irían armados de temibles destornilladores, palancas u otros artefactos. Evidentemente “no hubo nada”, rien de rien, je ne regrette rien, (nada de nada, no siento nada), como dice la canción francesa. Nosotros sí que lo sentimos.
Por cierto que nos ayudaría mucho saber quiénes son estos amigos de lo ajeno, verles la cara al menos; no por nada ¿eh?, sólo para tener la oportunidad de señalarlos con el dedo; desde lejos, claro, no sea que se lo beneficien también.
Bueno, quiero decir que de los treinta y seis ya no quedan más que treinta y cuatro sanos. Recuerda esto al cuento de los “diez cerditos” y a la famosa novela de Ágatha Christie; “…de los diez que me quedaban ya no quedan más que…”; novela policíaca cual no puede ser menos en el presente caso de escamoteo a la luz plateada de la luna, complementada por la brillantísima de las farolas fernandinas. “Soy el farolero de la Puerta-el Sol…;¡ah!, si la plaza tuviera un farolero, ¡qué bien!, seguro que esos chicos descarriados se hubieran largado hacia otra esquina. Hombre, a las añejas farolas fernandinas les vendría de maravilla un sereno. ¡Anda, por Dios!, ¡un sereno en pleno siglo XXI. Entonces, ¿quién?, ¿lo adivinamos?
Terminamos con optimismo. Y puesto que la esperanza es lo último que se pierde, confiemos que en este bello lugar –“España, España, España; ¡a por ellos ohé!-, no se confirme el cuento de los Diez Cerditos.
JOSÉ Mª DABRIO PÉREZ
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