Caleidoscopio
SAN AGUSTÍN, UN HOMBRE DE FRONTERASAN AGUSTÍN, UN HOMBRE DE FRONTERA
En la fragua de Vulcano de la Roma decadente de la primera mitad del primer milenio de nuestra era, se terminan de forjar entre brasas y vientos contrapuestos las espadas de la discordia que empuñarán a muerte los poderes universales durante siglos. Poder espiritual y poder temporal van a polarizar Occidente y condicionar la vida o la muerte de miles de personas. Llega al triunfo social y político de la cristiandad y el Islam, religiones monoteístas y reveladoras que encuentran sus raíces en los textos sagrados del pueblo judío y que a diferencia de la gran tradición grecolatina naturalista y politeista, afirman la existencia y preeminencia absoluta de un Dios único, personal, creador y dueño de la Ley. El hombre pasa a ser una criatura que mantiene con su creador unas relaciones personales espirituales, surgiendo el concepto de comunidad creada sobre una alianza religiosa, de aquí proceden unas singulares concepciones de libertad y responsabilidad.
La doctrina cristianizante del momento se convierte en terreno abonado para el surgimiento de numerosos autores así como para la reflexión, producción y difusión de una prolija literatura religioso política recubierta de una cierta pátina social. Nacen en este contexto los denominados “padres de la Iglesia latina”, tales como, Jerónimo de Estridón, Gregorio Magno, Ambrosio de Milán y Agustín de Hipona o San Agustín. Aparece con ellos la llamada “teología política”, la defensa de la autonomía de la Iglesia en cuestiones espirituales y la aparición de una doctrina ordenada y sistematizada de lo que debía ser la ortodoxia cristiana frente a cualquiera otras interpretaciones. Se trata de un pensamiento defensivo y justificador de la Iglesia como institución de poder espiritual que va a marcar el devenir de la Iglesia y la cristiandad hasta nuestros días, así como las relaciones, tensiones y distensiones con otros poderes instituidos, en evolución o emergentes.
“El hijo de la lágrimas de su madre” nace en la África romana, concretamente en la pequeña ciudad de Tagaste en la provincia de Numidia en el año 354 de padre no cristiano y de madre si. Pronto pareció dotado de una prodigiosa inteligencia, así como de una gran imaginación a la vez que se alejaba del camino del cristianismo, lo que sumió a su madre en la tristeza y la oración, pues fue precisamente ella quien le había educado en los principios básicos de la religión cristiana.
Elocuente, mostraba gran interés por la literatura en general y la grecolatina en particular, el teatro, la retórica y la filosofía. Se entregó pronto a las pasiones del ser humano y al contacto con la carne con la misma intensidad que a las letras, luego sentó la cabeza y mantuvo una relación estable sin casarse con la madre de su hijo Adeodato.
Estudia con gran intensidad a Cicerón que despierta en él una concepción especulativa en su pensamiento filosófico y así va abrazando concepciones y corrientes filosóficas muy diferentes en su búsqueda de la “verdad”, y en el fondo, la orientación de su propia vida. En el maniqueísmo culmina su viaje y se enreda, sin encontrar las respuestas que ansiaba, y termina por hacerse escéptico convencido de que es imposible alcanzar la verdad plena. De mucho de lo que hizo en ésta etapa de su vida llegará a arrepentirse en su obra Confesiones con posterioridad, no obstante sin ella no podría entenderse su obra y mucho menos su pensamiento político.
Con casi treinta años de edad y soportando una gran frustración personal, decide ir a Roma después de haber residido también en Madura y Cartago, dándole el segundo gran disgusto a su madre, puesto que en contra de su opinión y con engaño, la deja en tierra, y parte sin ella, algo que con posterioridad también refiere en Confesiones. Es en ésta época, y no antes, tras superar una grave enfermedad y ser nombrado, por su protector y Prefecto de Roma Símaco, "magister rhetoricae" en Mediolanum, actual Milán, donde comienza a andar su camino dentro del cristianismo. Fue allí dónde quedó admirado de las celebraciones litúrgicas del Obispo Ambrosio a las que acudió como catecúmeno, así como de su persona misma, ello le ayudó a interpretar el Antiguo Testamento y a encontrar en la escritura la fuente de la fe. Decide entonces romper con el maniqueísmo, también con la madre de su hijo y los consejos de la suya propia y refugiarse en los escritos neoplatónicos a través de los cuales resolvió sus dudas respecto al mal y al materialismo. El problema de la mediación y la gracia lo solventa a través de San Pablo.
Intuitivo se apoya en señales divinas en la búsqueda de respuestas a sus restantes dudas y que finalmente encuentra en la Sagrada Biblia. Ya su propia madre preparaba su bautismo, pero él aun necesitó un año mas consagrado al estudio metódico y formal de las ideas del cristianismo, así como para la meditación. En el año 387 a la edad de treinta y tres años sería finalmente bautizado en Milán por el Obispo Ambrosio y se propuso a regresar a África cuando le sorprendió la muerte de su madre, la persona que había mantenido desde que nació su hijo la convicción y la decisión de que este pasara a formar parte de la “Comunidad Cristiana”, sin imaginar siquiera lo transcendental que sería para la Iglesia de Dios que finalmente se cumplieran sus deseos.
Comienza aquí un nuevo peregrinar por tierras africanas en las que por mas que buscaba sosiego, recogimiento, reposo y meditación, cada vez se veía, muy a pesar suyo, mas avocado a la vida sacerdotal, y mas por presiones externas que por decisión propia llegó a ser ordenado Sacerdote, llegando incluso con posterioridad a ser Obispo lo que aceptó finalmente tras unas horas amargas de gritos y lágrimas como en el caso anterior. Pasa pues del monasterio de laicos, en el que vivía, a la casa del Obispo, transformando esta en lugar de residencia de Clérigos.
Pronto deja a tras su etapa monacal y vive con intensidad una episcopal muy prolija, no exenta de polémicas y enfrentamientos con académicos, maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priscianistas y en definitiva con todo aquel que se oponía a la ortodoxia de la doctrina cristiana que él mismo apuntaló, amplió y cimentó mientras presidía importantes concilios en los que se aprobó, por ejemplo, el canon bíblico realizado por el Papa Dámaso I en Roma en el Sínodo del 382. Una etapa en la que nos encontramos con el incansable escritor, autor de obras como Confesiones, obra autobiográfica de trece libros que comienza desde la muerte de San Ambrosio en el año 387 y finaliza en el año 400, dónde los últimos cuatro libros los dedica a alabar a Dios y a su creación y que en definitiva nos muestra desde los inicios su largo viaje intentando desentrañar los misterios de Dios, así como su encuentro con él. Así nos encontramos con otras muchas obras en esta época, algunas de gran importancia como Disciplinarun Libri, De vera religione liber I, De fide rerun quae non videntur liber I, De utilitate credendi liber I, De diviniatione daemonun liber I, Quaestiones expositae contra paganos VI, Edchiridion ad Laurentium o De fide spe et caritate liber I, De Trinitate libri XV, De agone christiano liber I, De coniugiis adulterini libri II, Regula ad servos, Christiana libri IV, Genesi ad litteram libri XII, De Consensu Evangelistarum libri IV, Tractatus in Evangelium Ioanis, Enarrationes in Psalmos, Crude tu Intelligas, Intellige tu Credas, entre otras , aunque no obstante, mención aparte merece su gran obra La Ciudad de Dios, cuyo título latino original es De Civitate Dei contra paganos, La Ciudad de Dios contra los paganos, tratado de historia religiosa en la que San Agustín toca multitud de temas de muy diversa índole, pero que a la postre posee una potente carga política que pasamos a analizar para su comprensión por la importancia que ha supuesto en cuanto a sus implicaciones políticas y su evolución posterior y sin las cuales no podrían entenderse multitud de obras o acontecimientos históricos posteriores que han ido coronando el devenir de la historia de la humanidad con la aportación de un pensamiento político tan pragmático como el de San Agustín.
Una de las obras maestras de San Agustín, constituye en si misma una síntesis de su pensamiento filosófico, teológico y político creada en varias partes durante catorce años y casi en el cenit de su propia existencia, constituye una defensa del cristianismo tras la caída de la “ciudad eterna” a manos de los Visigodos en el año 410 en sus veintidós libros. De ello, los ricos y cultos romanos que escaparon a África, culparon al cristianismo, de la defensa del cual se ocupa la primera parte de la obra, mientras la segunda defiende la doctrina cristiana y teoriza sobre la existencia de dos Estados, el Estado de Dios, y el Estado de este mundo, además de su resultado debido.
La tesis central pivota sobre la “divina providencia” que guía a la humanidad, aludiendo también al origen de la historia, la presencia del mal y su derrota por el bien y de su eterno destino. Contrapone la “ciudad celestial” a la “ciudad terrenal”, iniciando así una dualidad que va a perdurar de una u otra forma a los largo de los siglos, polarizando a la sociedad de su tiempo y condicionando la vida de millones de personas en todo el mundo desde las de condición mas humilde a las poderosas y dirigentes, aunque San Agustín planteaba su reflexión en los siguientes términos “La gloriosísima ciudad de Dios, que en el presente correr de los tiempos se encuentra peregrina entre los impíos viviendo de la fe, y espera ya ahora con paciencia la patria definitiva y eterna hasta que haya un juicio con auténtica justicia, conseguirá entonces con creces la victoria final y una paz completa”. De igual forma se ocupa en sus numerosas digresiones de abordar cuestiones tan importantes como: el pecado, la culpa, la muerte, el judaísmo, el tiempo, el espacio, la necesidad, la providencia, el destino, la Ley y el Derecho.
Para San Agustín, la denominación de cívitas, no hace referencia a una organización política, sino a una forma de vida. La ciudad terrenal está configurada en derredor del amor al yo y al brillo del poder, mientras que en la ciudad celestial predomina el amor a Dios incluso hasta el desprecio del yo. A todo esto, como es bien conocido, le daría la vuelta el filósofo alemán Fiedrich Nietzsche muchos siglo después, en su obras Así habló Zatatustra y La Gaya Ciencia que a la postre serviría de base en una nueva búsqueda de civilización milenarista por parte de la Alemania nazi de Adolf Hitler. Se trata incluso de una contraposición radical que tiene su origen en el individualismo y que se prolonga en las dualidades de las dos ciudades deteniéndose especialmente en la dualidad religión y política.
El reflejo simbólico de la ciudad celestial es la Iglesia como comunidad de creyentes para un San Agustín que no busca la identidad y la correspondencia con la ciudad terrenal a la cabeza de la cual sitúa al Estado. Defiende el Estado como el lugar de vida del hombre cuyo objetivo es procurar la paz, siendo en si mejor que los demás bienes humanos porque desea la paz terrena. Esta paz permite el gozo de los bienes terrenales, aunque deja claro que ni paz, ni bienes terrenales son un fin en si mismos, sino medios para mejor servir a Dios. La paz del Estado es tranquilidad temporal que capacita al hombre para lograr la paz sin fin de la ciudad celestial.
Para San Agustín, la paz es concebida en términos de Justicia, entendida esta como la recta relación con Dios y de ahí derivará la recta relación con los demás. Por todo ello, la justicia, que es recta relación con Dios, debe configurar al Estado por que “la Justicia desaparecida que son los reinos son grandes rapiñas”.
En la concepción de San Agustín hay una evidente pretensión moral y de la cual terminarán también bebiendo conceptos como el de autoridad y soberanía. Su pretensión es la construcción de un imperio cristiano asentados sobre la paz y la justicia.
Es mas que evidente que su pensamiento político está profundamente marcado por sus dependencias grecorromanas y sus creencias cristianas, aunque también lo es, que con su pensamiento, introduce junto a algunos de sus un coetáneos principio revolucionario en la vida comunitaria, al declarar la autonomía de una esfera espiritual e independiente e incluso a veces superior en su pensamiento a la autoridad política. No obstante es preciso aclarar, llegados a este punto, que a pesar de que el cristianismo fuese designado como religión oficial del Imperio, San Agustín expuso con claridad que su pensamiento expresado en su obra era mas espiritual que político y que estaba mas en la nueva Jerusalén, mística y divina, y no a la ciudad terrenal. No obstante su pensamiento fue decisivo para definir con posterioridad la separación entre Iglesia y Estado, en contraposición al Este bizantino donde lo político y espiritual no mostrarían una separación tan clara, y al hilo de lo cual, se van a vertebrar y/o caracterizar relaciones políticas y estructuras de poder en la Europa Occidental del momento y extendidas al resto del mundo con el paso de los siglos en sus diferentes manifestaciones. De hecho, aun hoy podemos constatar, en la actualidad, como dicha separación aun no se ha procedido en numerosos países, por cierto, en todos con una incidencia muy significativa en diferentes parámetros que miden el desarrollo y la evolución de las sociedades por países bajo el paraguas del Derecho internacional y que muestran muy a las claras como ello ha repercutido muy negativamente en la mayoría de los casos.
La persona procede de Dios y vuelve a Dios, nadie puede inmiscuirse en ese proceso, lo que constituye una valoración decisiva en la valoración social y política que obligará a establecer las ideas de prioridad, dignidad y valor.
Pasa pues el cristianismo tras este proceso re-constitutivo de una actitud defensiva a informar la vida pública y también política a la vez que se abre la fractura entre el poder religioso y el poder político, aunque en esencia ambos son poderes políticos.
La Teocracia se constituye como una potente forma política que es el resultado de una base religiosa revelada que se inicia con el cristianismo y posteriormente por la religión musulmana y presente activamente en los grandes imperios orientales. En definitiva, no está relacionada con lo que es mejor o peor hac hoc interpretado por depende quien, sino que está en relación con la interpretación de la voluntad de Dios, así también sucede en el budismo, cristianismo y el credo musulmán.
Notable influencia pues de San Agustín en su tiempo en cuestiones transcendentales, en un periodo de cambio primero, y de transición después a un mundo distinto, pero heredero del anterior, en el que se crean y se encuentran energías, chocan o fusionan ideas, conceptos y formas políticas, pero en el que sobre todo, se sientan las bases de la arquitectura medieval en la que los dos poderes universales, Papado e Imperio, se disputan el llamado Dominium mundi durante siglos y hasta la llegada la Edad Contemporánea y La Revolución Liberal, donde con las guerras napoleónicas y las unificaciones nacionales de Italia y Alemania van a precipitar el fin efectivo del Imperio, y el confinamiento del Papado al Vaticano, poder que sin duda hoy aun mantiene una notable influencia en el mundo actual, pero que ni de lejos con la trascendencia decisiva que tuvo entonces.
Quede aquí la presente reflexión a modo de síntesis sobre el pensamiento político de San Agustín en la creencia de que es preciso sacar al pensamiento político a la palestra de la mano de diferentes personajes ilustres que destacaron en ámbitos muy distintos a los tasados de forma implícita para la praxis de la política, tratando de huir al hacerlo, del reduccionismo absurdo que ello en sí mismo supone injustamente, condenando a la evolución de las ideas y formas políticas y a la política propiamente dicha al más disparatado de los ostracismos en sus orígenes y mutilando y/o dificultando su comprensión.
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